del tiempo, el espacio y la niñez

No me gusta el lugar donde vivo. El depto. es chico, está en mal estado, me siento encerrada. Odio estar acá, no veo la hora de mudarnos. Pero a veces lo veo a él y pienso en la mirada de niño. Por empezar, cuando uno es chico las dimensiones son otras. El tiempo y el espacio son mucho mayores. Entonces veo la distancia que tiene que recorrer mi hijo para llegar de la puerta a la alacena y pienso que para él debe ser un buen trecho. Pero además, de chico no tenemos el concepto de fealdad. Al menos no de la misma manera que el adulto. Cuando uno es chico puede considerar que es feo el guiso de mondongo. Pero no necesariamente una pared descascarada. 

Cuando tenía 5 años mis papás compraron su primera casa. Nuestra primera casa. O mejor, depto. Con muchas ganas, se la fueron apropiando, pintando, agregando, modificando. Cerraron una puerta que iba del comedor a la cocina, le mandaron a hacer postigos a la ventana y el comedorcito pasó a ser mi pieza. Me compraron una cucheta, aunque era yo sola, un escritorio con estantería y cuatro cajones y mi papá me pintó un paisaje en las paredes. Era la envidia de todas mis compañeras.

A lo que era originariamente una de las piezas, le abrieron una puerta al pasillo. Pintaron la ventana de bordó y pusieron una puerta de madera con un llamador. Puro adorno, porque teníamos timbre, pero era uno de mis objetos favoritos de la casa: una especie de caballero con cabeza de animal, de metal, que lo levantabas y al caer golpeaba con otro metal y “llamaba” (¿qué habrá sido de él?).

El baño tenía una bañadera manchada de amarillo, como si fuera lavandina, que me daba impresión. Mi mamá insistió en que no pasaba nada pero yo me negué rotundamente y a los cinco comencé, entonces, a bañarme en ducha.

A su pieza mis papás la pintaron de verde agua. Un color bastante feo, por cierto. Y ahora que lo pienso, mi hermano menor, que no llegó a conocer esa casa, eligió el mismo color muchos años después para su pieza. Le mandaron a hacer un placard que llegaba hasta el techo -que era, de por sí. bastante alto- pero por falta de presupuesto a las puertas las dejaron para más adelante. Tanto más adelante que nos terminamos mudando, siete años después, y el placard seguía sin puertas. De todas maneras, a mí me gustaba así. Me podía pasar horas mirando el caótico orden de bolsas y cajas con ropa de invierno o verano, según la ocasión, ventiladores o estufas y tantas otras yerbas.

La cocina era diminuta. Tanto, que la mesa se doblaba al medio y la usábamos así, por la mitad y contra la pared. Yo me sentaba en una punta, mi mamá en el medio y mi papá, cuando estaba, en la otra punta. Compraron un lavarropas automático y mi mamá insistió con ponerlo adentro. Le puso una “carpetita” y pasó a ser uno de los muebles más lindos que teníamos.

Un patio era guardabicicletas y pelopincho en verano. En el otro, el del lavadero, mi papá puso unos ganchos con ruedas, no sé cómo se llaman, una compleja ingeniería para que las sogas pudieran, una vez colgada la ropa, alzarse a tres metros de altura. El problema solía ser bajar las sogas. Evidentemente el sistema no era tan bueno porque la parte 2 implicaba cazar las sogas con el escurridor de pisos para bajarlas. Eso hacía que colgar y descolgar la ropa fuera de las tareas domésticas más divertidas para mí.

Seguramente mis papás hubiesen preferido que mi pieza no tuviera una puerta anulada junto a mi cama, un placard sin puertas o media mesa en la cocina. Probablemente querían vivir un poco mejor. Pero eso hacía que mi casa fuera mía, tan particular, tan nuestra.

Ahora, que me encuentro haciendo mi propia casa, me pregunto cuál será la mirada de mi hijo sobre ella. Y recorro los cimientos pensando en qué rinconcito se meterá para las escondidas, qué pared decorará con crayón, en qué planta encontrará el primer bicho bolita.

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