sentires diarios

El sonido de la afeitadora que me recuerda que son las 6.00 de un día lunes. El sabor tutti frutti del flúor para enjuagarse los dientes. El excesivo perfume de los Pampers Juegos y Sueños. La suavidad del pelo de mi bebé, ahí donde se le enrula, junto a la nuca. La visión de la taza casi vacía con el saquito de tilo, abandonada frente a la compu.

El chiflido del broncoespasmo.  El gusto del pan casero, siempre de salvado. El olor del ají asándose sobre la hornalla, así, sin mediaciones. La textura de las cuerdas más gruesas (las más graves) de la guitarra. El descubrimiento del cadáver de una cucaracha en mi campo visual recortado desde la óptica que me da el trono del baño.  

El “miau” de mi hijo, en falsete, imitando a la gata. El gusto del dulce de leche, a cucharadas, como refugio del mal humor en alguna madrugada insomne. El aroma del sahumerio que se consume junto al potus y cuyos restos quedarán eternamente abonando la tierra. La consistencia del algodón antes de humedecerse, unas veces con óleo calcáreo, otras con quitaesmalte. La contemplación del trencito de cuentos de tapa dura, parados de costado medio en V, irrumpiendo a mitad de la escalera.

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