Una buena patada en el culo

Este es uno de esos post que quizás no deberían ver la luz, pero bueno, o no escribo o escribo así, asique escribo así, al menos hoy, acá, mientras el pibe revolea jovies que se parten al caer entre las migas de la madalena que descuartizó y ahora estoy notando que tiene la frente decorada con lapicera. Y va el 4to. día de encierro por pestes. Sabía ya que las vacaciones de invierno serían un chiste, por eso le dije a la seño que sí, que seguiría yendo en vacaciones pero si tenés nene chico no planifiques. Disculpen, debo hacer una pausa no porque el pibe se haya trepado a la mesa donde apoyo la laptop sino porque me está tapando la visión con su cabezota que se acerca para… darme besos… Perdón. Ahí vuelvo. El amor me reclama.
Ahora sí, intentaré seguir escribiendo mientras veo el body cagado reposando sobre el lavarropas. El tiempo de penetración del quitamanchas es una excelente excusa para postergar un buen rato tarea tan ingrata. En fin. Quería escribir sobre los temas de siempre. De siempre y no tanto. Porque que la maternidad es una topadora que te pasa por encima ya no es novedad. Ya no es políticamente incorrecto decirlo. Ya casi que aburre. Lo que pasa es que a mí se me juntó con una postergada crisis vocacional. Como que me pasé años en piloto automático, carrera de grado, maestría, beca ¿y después? Y después el hijo, en el medio del doctorado. En el medio o al principio, porque esa tesis es un eterno volver a empezar. A mí lo que me pasó con el hijo es que soy más consciente de las horas. De las horas por día que se van en qué. Debe haber algo de cosa culposa de dejarlo, porque a veces me he preguntado y de hecho me negué a dejarlo más de 4 hs. seguidas en un jardín. La pregunta sería si mi vocación estuviera más clara, si mi trabajo me diera más placer, si entonces podría dejarlo más. O si el contenedor donde depositarlo fuera su padre/mi pareja (si no laburara todo el día), una abuela o algún otro afecto que le dedicara un cuidado más personalizado y afectuoso que la maestra.
Tengo claro que no quiero ser madreamadecasa. No podría. Estos días que no va al jardín compruebo, por si me quedaran dudas teóricas, que es malo para él y malo para mí. Al menos a esta edad, me agota. Y termino tratándolo mal. Y padeciéndolo. Ni hablar de generarle algún actividad copada como las del jardín si tengo tantotrabajoatrasadomáslascosasdelacasaylaobra. En cambio cuando pasamos unas horas separados respiramos, interactuamos con otros seres, nos extrañamos y volvemos a encontrarnos renovados.
Volviendo: la beca se acabó. Y me encuentro buscando trabajo y corriendo tras las changas que encontré a la fecha. Y, dentro de ciertos límites, mi condición para aceptar un trabajo tiene mucho que ver con que cierre la ecuación tiempo-dinero. Hola capitalismo salvaje. Lo que la maternidad me ha dado es más conciencia de la alienación. De la explotación, pero también de la alienación. Tanto en la carrera de egos de la academia como en la mismísima maternidad. Alienación.
Paréntesis. Ese cuaderno viejo que le permití que destrozara para seguir escribiendo resultó tener dentro las notas de mis alumnos. Debo intervenir. Ahí vengo.
Pero como no hay mal que por bien no venga o como dice por ahí una especie de pintada de mi barrio “no te desanimes, hasta una patada en el culo empuja para adelante”. Asique he decidido enfrentar mi crisis vocacional. Creo estar re-encontrándome con algo de mí que quedó sepultado como dos décadas atrás. Creo que lo que me daba placer era leer y escribir. Pero la autocensura, producto de la excesiva autoexigencia, ganó siempre la batalla, unas veces bajo la forma de “no se me ocurre sobre qué escribir”, otras bajo la forma de “no tengo tiempo”. Y, oh, la maternidad puede ser, al menos 10 años más, una perfecta excusa del segundo tipo.
Nunca sé como cerrar un post y esa podría ser una excusa para dejarlo eternamente en borrador. No. Hoy no.

HPIM7874

vuelta por el universo

Este blog viene siendo un fracaso. Me propuse escribir sobre algo más que la maternidad y aquí estoy, volviendo de la no-escritura. No es que no haya nada para compartir. Es que a veces el tiempo es poco y cuesta sentarse a ordenar en palabras.
Este semestre fue una vorágine. Pero bien valdría decir que van más de dos años de montaña rusa. Desde que esas dos células se unieron dentro de mí, supongo. Antes el tiempo parecía transcurrir más lento. O es mi visión retrospectiva.
En todo caso fueron meses de comenzar a viajar hacia allá. Hacia el nuevo barrio que promete casa y trabajo. Barrio signado por la ley o más bien por el castigo, puesto que ha crecido en derredor de una institución carcelaria. Barrio cuyo nombre me sonaba a naturaleza, a conjunto de árboles de la misma especie y, con suerte, era algún militar de nuestra historia quien contenía la poética naturaleza en su apellido.
Sospecho que la vida allá será más calma. Al menos esa es la ilusión. Estará más regida por la naturaleza y sus tiempos. Si bien en un comienzo me desalentó que el árbol que estará junto a mi ventana no sea perenne, ahora creo que será una buena manera de recordar los ciclos. Sí, todo se vuelve gris en algún momento. Pero siempre está la primavera esperándonos a la vuelta de la elipse.