el ciclo sin fin

Hace unos días se descompuso mi abuelo. Terminó de comer su postre, se paró y se quedó duro. Se le fue la mirada y se fue cayendo en bloque sobre mí. Está más flaco pero es alto, no sé cuánto pesará, pero pesaba porque estaba duro, no oponía resistencia a la caída, era “peso muerto”. Recién ahora reflexiono sobre el adjetivo, pero en ese momento realmente pensé que se moría. Y yo no lo podía atajar, porque en un brazo tenía alzado a P. y con el otro no llegaba a resistir tanto peso. Y me vi entre los dos extremos generacionales, con mi hijo que comienza a caminar y está pronto a dejar los pañales, y mi abuelo que está dejando de andar y comienza con los descartables.

Mi abuelo tiene 86. Si bien todos podemos pasar para el otro lado dentro de 5 minutos, es lógico pensar que él tiene más fichas compradas. Pueden quedarle dos días o diez años, nadie lo sabe. Saber… Yo sé que se puede morir en cualquier momento. Hace rato que lo charlamos con mi mamá. Pero el sábado lo sentí. Pasó por mi cuerpo. Sentí que se moría.

Podría escribir un libro sobre mi abuelo. Es, lejos, una de las personas más interesantes que conocí. Además de por momentos la figura masculina más fuerte de la infancia, quizás de la adolescencia.

Siempre dijo que para él la muerte es la muerte del cerebro. Nunca fue amante de los deportes o las danzas y habiendo cerrado tempranamente su vida sexual -tras una separación terriblemente dolorosa-, el placer de la vida lo hallaba en su cabeza: componer canciones, leer sobre ciencia, filosofar conmigo sobre el sentido de la vida, las religiones, etimología y tantas otras cosas.

Ya no está tan lúcido, por momentos está perdido o desmemoriado y me da mucha tristeza. Pero también tiene buenos días. En aquellos, le toca el piano a P. o pide que le escriban su música.

En su formación autodidacta sobre los vericuetos del lenguaje, conoció la palabra chozno. Varias veces me explicó que chozno es el hijo del tataranieto y que, curiosidad de la lengua, no existe el término que lo complementa: no hay palabra para llamar al padre del tatarabuelo. No importa. No la necesito. Dentro de medio siglo voy a estar hablándole a mi bisnieto de mi abuelo, que seguirá vivo en memoria y un poquitito también en su chozno.

 

pinga tu madre

Aprovechando la excusa del año nuevo, que invita a renovar, me vine a WP y creé un nuevo blog. No sólo por los problemas con blogspot. También porque el otro estaba quedando obsoleto. Quizás porque, como dice mi amiga doble A, “al final no era la maternidad sino la vida”.

Lo que pasa es que la maternidad es una topadora que te pasa por encima. Una linda topadora, eh, no crean que me puse el casco marrón de los obreros de San Simón para hablar mierda de la cuestión. Pero es así. Mientras crece la panza una piensa “voy a ser tal y tal madre”, “voy a hacer esto”, “no voy a dejar de hacer aquello”, y cuando sale a la cancha casi nada es como lo imaginó. Y una se queda con sus frasecitas hechas, con sus preceptos y opiniones de librito sin saber muy bien por dónde arrancar o dónde encontrar algo en común entre la que esperaba ser y la que se va descubriendo a los golpes, entre factor A-G, mordillos enfriables y canciones de cuna.

Pero ya me siento un poco menos puérpera. Ya tengo ganas de hacer algo más que criar a mi retoño. Por ejemplo, escribir. Escribir por el placer de escribir, con la menor autocensura posible. Escribir sobre la vida, aunque probablemente siga siendo en gran parte pero ya no sólo sobre el mono-tema. Ya me siento un poco más cómoda en esta nueva faceta de yegua madre, un poco más acostumbrada a esta parte de la carrera con obstáculos, sin intenciones de ganar sino de disfrutar del recorrido, ahora con mi potrillito al lado.

El nombre del blog va un poco en honor a mi histórica psicóloga (que no llegó a conocer mi nueva faceta), la que siempre me decía que yo la tenía muy clara en la teoría pero… “en la cancha se ven los pingos”.

Una cosita más: no googleen imágenes de pinga. O sí. Depende qué pinga estén buscando.